Nosotras nos atrevimos… porque la vida sin atrevernos no cambia

bankil/ junio 9, 2016/ Noticias, Uncategorized/ 0 comments

Encuentro de la Escuela de Mujeres Indígenas Migrantes en Tapachula, Sjamel jol ko´ontontik-Abriendo el corazón y mente de nosotras las mujeres

Algunas nunca habíamos salido tan lejos, vivimos en las tierras altas de Chiapas en el sureste mexicano,  pero ahora nos tocó ir “más al sur de este sur”, nos fuimos a una de las puntitas donde termina nuestro país.  Era el jueves en la noche cuando comenzamos a caminar hacia el camión, unas calles obscuras de San Cristóbal de Las Casas fueron el sendero de la Escuela de Mujeres Indígenas Migrantes, porque nuestra escuelita no es un espacio físico, la escuelita somos nosotras. Nos subimos al camión, nos hicimos bolita para cerrar los ojos durante siete horas, nuestro destino: la perla del Soconusco.

Llovía cuando llegamos, la ciudad muy caliente nos recibió con agua del cielo que caía tibia. Nuestros amigos y amigas del Fray Matías nos dieron la bienvenida y comimos juntos tamalitos. El sol se había asomado ya y comenzaba el calorcito, con ese calorcito hicimos equipos y nos fuimos a comprar ropa para poder estar más cómodas para ir a conocer el mar. Unas acabamos pronto de comprar playera y short, a otras nos costó trabajo… no conocíamos cómo eran las tallas de las ropas, algunas queríamos faldas largas, blusas con mangas, pantalones ligeros, vestidos; otras no encontrábamos colores que nos gustaran. “A mí no me gusta esa ropa dijo Angelina, mi ropa de Chenalhó está más bonita” claro que nuestra ropa es más bonita contestó Anita, “esta ropa sólo la usaremos para mojarnos con el mar, será sólo un ratito”. Después de dos horas y de haber visitado como diez tiendas, todas quedamos con alguna ropa para mojarnos.

Llegamos a una casa para comer cerca del mar, había una alberca y comenzamos a ponernos las ropas que compramos, a algunas nos daba pena, nos escondíamos detrás de otras, nos poníamos nuestros trajes tradicionales encima, nos envolvíamos en el rebozo, nos tapamos con el suéter a  pesar del calor. Es que a veces la pena es mucha y nos cuesta trabajo atrevernos ¿dónde aprendimos a tener pena? ¿Será que la pena nos impide hacer harta cosa? algunas nos preguntábamos mientras nos íbamos acercando a la alberca.

Poco a poco fuimos metiendo los pies, y es que nunca habíamos estado en algún lugar así, un poco de miedo nos daba ahogarnos, no sabíamos nadar. Despuesito metimos las piernas, luego el cuerpo, al final la cabeza, nos fuimos atreviendo a mojarnos todas, cada una a su ritmo, no teníamos prisa. Algunas pronto comenzamos a intentar nadar, otras nos quedamos en la esquina de lo bajito, otras más caminamos lento, otras decíamos “sin miedo, está bajito, no te hundes, hazle así, patalea, estira las piernas, relaja el cuerpo”.

Llegó la hora de ir todas juntas a conocer el mar, caminamos un poquito hasta que  ¡lo miramos¡ era grande, muy grande, nos acercamos con curiosidad como cuando es la primera vez que vemos a alguien. Nuestros pies se hundían en la arena, nos acercamos abrazadas porque juntas era más fácil y bonito dejar que nos tocara el mar; nos atrevimos un poquito más y ¡de pronto sucedió¡ una ola larga llegó a nuestros pies, nos mojó, sentimos cosquillas, reímos mucho. Nos dimos cuenta que a veces se estira más el mar y llega hasta las rodillas y más risa nos daba, y gritábamos de emoción o de nervios o de alegría o de todo junto.

Algo pasó por nosotras mientras estábamos ahí, nos dimos cuenta que ninguna estaba sola, nadie entró sola a dejarse acariciar por el mar, íbamos juntas, en grupos de dos, de tres, de cinco, de diez; juntas caminamos en la arena, juntas nos quedamos abrazándonos para que las olas se rompieran en nuestros cuerpos y no nos tiraran. Juntas y con fuerza en los brazos y piernas resistimos, conocimos algo nuevo y diferente; juntas nos sostuvimos para no caernos, juntas nos atrevimos y nos sentamos a disfrutar mientras la arena y el mar nos tocaban por primera vez.

A algunas les tocó una revolcada de ola, a Yola la tiró más fuerte pero se levantó con la ayuda de las demás, le preguntamos qué había pasado y nos dijo “no me asusté, lo que pasó es que me abrazó muy fuerte el mar”.

El tiempo se fue moviendo, el sol se iba queriendo ir a descansar… ch bat k´ak´al le decimos en tsotsil, pudimos ver los colores que se pintaban en el cielo, las nubes que cubrían al sol se veían coloradas, de pronto casi al final a pareció una pelota mandarina, pudimos verlo despedirse, se metió todito y se puso obscuro. Nos fuimos caminando con preguntas ¿por qué en mi comunidad el sol se mete por el otro lado? ¿qué tan lejos vive gente del otro lado del mar, está cerca? ¿qué tan grande es el mar? las dudas tuvieron que irse porque de pronto  llegaron miles de moscos que querían nuestra sangre y había que salir corriendo de ahí para irnos a descansar.

Otro día de calorcito nos esperaba, platicamos de las mujeres migrantes que llegan de Centroamérica a Tapachula, que son trabajadoras del hogar, que muchas de ellas son indígenas como nosotras, pero dejan de usar su ropa o de hablar su idioma porque las discriminan, “no son tan diferentes a nosotras, también le echan ganas y quieren trabajar y estudiar, tienen fuerza”. Vimos frases de cómo las tratan mal los patrones, no les pagan bien y además las detienen por ser de otro país.

Platicamos sobre eso, sobre qué se siente cuando te dicen que no uses tu ropa, cuando se burlan de tu idioma, cuando estás fuera de tu lugar de origen y te tratan mal; también platicamos sobre nuestra ropa tradicional y la diferencia con la ropa que venden en Tapachula y que compramos para ir al mar ¿por qué es tan barata esa ropa, quién la hace? ¿Cuánto cuesta nuestra ropa tradicional? “Yo no estoy segura de cuánto cueste mi ropa en dinero, porque yo misma la hago, y sé que me lleva tiempo, a veces me tardo meses en hacerla”.

Nos dimos cuenta que en nuestras ropas tradicionales lo que menos hay es dinero, lo que hay es trabajo, tiempo, conocimientos, y esos no siempre se valoran en las sociedades; vimos que el capitalismo defiende que lo más importante es el dinero, no las personas, por eso se venden cosas baratas y valoran poco el trabajo de la gente. Pensamos también en lo feo que es que te obliguen a dejar de usar tu ropa tradicional cuando sales a trabajar, recodamos esa palabra que vimos la otra vez en el Museo, el colonialismo… cuando llegaron los españoles y nos cambiaron nuestras formas de ser, nos dijeron lo que era bueno y malo, lo que valía más, el color de piel más bonito, el idioma mejor, la ropa más buena. En este colonialismo unas personas deciden lo que será mejor y dejan de lado y humillan lo que es diferente, por eso preguntábamos lo que se siente cuando te obligan a quitarte la ropa tradicional “enojo y tristeza se debe de sentir”, “ a mí me gusta mi ropa tradicional, yo quiero usarla siempre”, “Cuando salí a trabajar a Tabasco no sólo me dijeron que me quitara mi ropa, también me cortaron el cabello”, “si algún día salgo a trabajar yo quiero decidir qué ropa usar”. El capitalismo y el colonialismo no te dejan decidir, nos obligan a muchas cosas a veces sin darnos cuenta, por eso nos quedamos pensando la diferencia de decir “Me obligan” y decir “Yo elijo”.

Nosotras queremos poder seguir eligiendo, pero también pensamos que no es así de fácil y rápido porque todas de alguna manera estamos en esas formas de ver la vida capitalista y colonialista, unas menos que otras, pero ahí estamos; lo que nos gusta ahora es pensar que podemos elegir algo diferente, resistir y transformar. Y  por eso empezamos a intervenir nuestras ropas de mar, las cortamos, les metimos hilo y aguja, las bordamos, les pegamos colores y brillos, les cocimos botones, les tejimos orillas, les pintamos letras, una vez más creamos con las manos, transformamos, nos atrevimos y elegimos.

Nos presentaron una obra de teatro de las personas migrantes de Centroamérica, ahí vimos que muchas veces salen de sus lugares de origen porque hay violencia en todas partes y les pueden matar, vimos que cuando llegan acá algunos les ayudan pocos días, otros “hacen como que les ayudan” pero es mentira, otros los detienen. Nos quedamos pensando en qué podemos hacer para cambiar eso, una de nuestras compañeras pasó a intervenir la obra y entre otras cosas retumbó una frase: “esto no es no justo, tenemos derechos, todas somos personas”.

Llegaron el domingo compañeras de Guatemala que son trabajadoras del hogar en Tapachula, nos dio gusto recibirlas y compartir con ellas el último día. Tres talleres  tuvimos por la mañana, ahí pudimos ir explorando nuestra creatividad para ir contando lo que fuimos viendo, conociendo, aprendiendo en esos días. Unas nos fuimos al taller de teatro donde montamos una pequeña obra contando con sonidos y con movimientos lo que es ser mujeres en nuestras comunidades, nos gustó porque nos atrevimos a expresarnos con el cuerpo. Otras más elegimos el taller de pintura y foto; con las manos, pinceles y colores hicimos un mural en manta para tomarnos fotos, pusimos flores, lunas, soles, mares, pusimos los símbolos de nuestros trajes; nos gustó mucho tirarnos al suelo para hacer la manta del recuerdo de nuestro Encuentro. Finalmente en el taller de narrativa y radio, aprendimos a contar historias, a escuchar sonidos con los ojos tapados para poder imaginarnos los cuentos y grabarlos. Nuestras voces fueron ahora la herramienta para contar, para dar nuestra palabra y presentarla en el parque Miguel Hidalgo.

Ahí en el parque nos volvimos locutoras de radio, dimos nuestra opinión, contamos nuestra experiencia; nos atrevimos a hablar en público en español y en tsotsil en frente de toda esa gente que pasaba y nos veía, queríamos enviar el mensaje de quiénes éramos nosotras, qué hacíamos ahí en Tapachula, quisimos decir que somos mujeres indígenas de Los Altos, aprendiendo de otras mujeres; quisimos decir que teníamos que sentirnos orgullosas de nuestra ropa y de nuestro idioma, quisimos decir que tenemos derechos las mujeres migrantes, quisimos decir que hay que cuidarnos, organizarnos, exigir respeto. Quisimos decirlo y lo dijimos todo.

La última noche nos despedimos de la alberca, llevábamos tres días practicando la nadada, el agua fue un reto, cada día nos atrevíamos a dar otro paso, algunas ya nadaban, otras ya flotaban, otras se sostenían un poquito más, aprendimos a guardar el aire, a relajar el cuerpo. Nunca estuvimos solas, nos enseñamos unas otras, nos cargamos, nos llevamos de las manos y de las pies para flotar y patalear, nos dimos muchos ánimos, y aunque no nos salía a la primera, lo volvíamos a intentar; reímos en cada intento fallido porque ahora sabemos que tenemos derecho a equivocarnos; nos fuimos quitando cada vez más la pena, nos tuvimos mucha confianza. Y eso fue lo que pasó, nos atrevimos… y cuando eso pasa, la vida cambia.

 

 

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